Ensayos Monstruosos

Liz Gallegos & Daniela Ríos · Ediciones Liz · Santiago, 2026

Reseña de Ana María del Río

¿Qué es un monstruo?

La RAE lo define así:

«Un monstruo es un ser fantástico, mitológico o de ficción que causa terror, caracterizado por su fealdad o apariencia grotesca. Una criatura que viola el orden natural, incluyendo animales de tamaño descomunal, seres malvados, o personas extremadamente crueles o inmorales». 

¿Y de dónde viene la palabra?

Del latín monstrum, derivado a su vez de monere o monstrare, mostrar, asociado a señales y presagios.

Los cuatro ensayos del libro «Ensayos monstruosos», de Liz Gallegos y Daniela Ríos se hunden en el famosísimo libro de Mary Shelley (Mary Godwin Wollstonecraft) «Frankestein o el moderno Prometeo» con una relectura y postura audaz que plantea enfocar a este monstruo –tal vez el más famoso de la literatura occidental – con otros ojos, una mirada rebelde de este como un signo que muestra. El engendro creado por Víctor Frankestein ya no interesa por sus deformidades claras y obvias, sino que se constituye como señal.

Las dos ensayistas son criticadas desde el prólogo en su postura simpatizante con el monstruo y sobre todo en la propuesta del abandono como motor que echa a andar su monstruosidad.

Sin embargo, el abandono es a todas luces el motor que hace nacer el monstruo que muestra.

Tanto Gallegos como Ríos convencen al proponer una mirada al esperpento de Frankestein que parte de su autora, una joven de 19 años, huérfana de madre, culta, leída, hija de un liberal acérrimo y de la primera feminista total de la historia. Y es en este momento donde la figura del monstruo deja de ser una creación de terror o una producción Halloween para convertirse en un grito, en un «¡basta!«, en un párale a la simple lectura de las aventuras que les suceden a un ser deforme y a su creador. ¿Para qué? Para pasar a ser un estandarte de lucha contra la supresión cultural de la mujer escritora en medio del machismo cultural exacerbado presentes desde el origen de nuestra especie hasta el momento en que el libro de la Shelley es escrito, a comienzos de siglo XIX.

Llegamos así a una otra lectura de «Frankestein o el moderno Prometeo» que muestra y denuncia a voces la extrema dificultad –más bien el rechazo frontal – hacia la mujer como ser pensante, como escritora, como artista, como un ser perteneciente a la elite creativa de una nación.

La propuesta de imagen símil es clara: una mujer que escribe, que convence y que triunfa en la escritura es –para los siglos XVIII, XIX y aún para ciertos sectores del siglo XX y XXI–  una deformidad, una excrecencia que atenta contra los principios sagrados del machismo de la virilidad y de la «normalidad» exigida en esa época –y también en algunos sectores de la nuestra– que establecen como inamovibles los prejuicios de esta sociedad patriarcal que, tal como lo dice Gallegos, «no sabe cómo hacer la transición de la categoría de mujer a escritora-creadora y para la que el monstruo es un cadáver revivido y la escritora una figura andrógina» (p.47). La mujer en la joven Mary Shelley se niega frontalmente a aceptar su futuro sumiso como «ángel del hogar» y como figura secundaria de los pasos de un marido o pareja, como eran los cánones de la época. Escribe acerca de hombres, sus personajes son masculinos, su historia es apasionante y eterna y esto es tan raro tan inusual, tan poco aceptado, tan terrorífico como el monstruo creado por Víctor con restos de cadáveres cosidos y animados por una mágica corriente de galvanismo.

Y la autora llega a esta propuesta porque –como el monstruo– también es engendrada y criada en soledad. Su madre muere a los días de nacer ella y su padre se mueve en otra esfera. Queda la hija menor, Mary, formada con restos de las lecturas radicales de su madre, la Wollstonecraft y con repetidas incursiones con la nutrida biblioteca clásica de su padre. Abusando de la comparación se puede decir que Shelley es una escritora formada con restos de cadáveres del pensamiento clásico, rígido, patriarcal e inaguantablemente machista. Y por eso no es una escritora suave, ni lírica, ni amable. A ella en su vida –igual que al monstruo de Víctor– la han abandonado al «desprecio y asco de la humanidad», simbolizado en el permanente abandono del que fue víctima. Su escritura, como el monstruo es denunciante, incómoda y sobre todo, estruendosa: como buena romántica plantea todo un grito de rebelión contra una Ilustración y una Razón esgrimida por el bando masculino que apunta a silenciar e invisibilizar al yo femenino en la escritura. La escritora es un ser peligroso en la sociedad del siglo XIX: es considerada loca, una outsider que mastica el rechazo permanente y la exclusión de los círculos de pensamiento de su época.

Pero este monstruo –una mujer escritora– triunfa. Como Prometeo sufrirá que le arranquen el hígado día a día, pero el libro está ahí, tal como el fuego se ha eternizado en su maravilla entre la raza humana.

Por su parte, Ríos, en sus ensayos confirma esta dificultad ancestral de implantar la existencia de una mujer escritora. La única vía es la rebelión frontal. «Su Prometeo», dice Ríos, «rompe el molde del héroe perfecto y le da una vuelta de tuerca, bajándolo del pedestal y mostrando las consecuencias que puede originar a su paso».

Así se enarbola el hecho: en el libro de Shelley, la mujer escritora se niega a ser considerada loca y se plantea como posición pensante y actuante en la sociedad, con la ventaja de tener una perspectiva mucho más amplia que las plumas tradicionales y capaz de plantear otra perspectiva de mirar las cosas desde la precariedad, desde la invisibilidad.

«Mary –sigue diciendo Ríos – «plantea (en «Frankestein o el moderno Prometeo») una Aufhebung, una síntesis superadora de lo antiguo y lo contemporáneo en una creación productiva para el futuro» (p.61)

Además de esta audaz mirada, los «Ensayos Monstruosos» incursionan en otras propuestas que apuntan a afinar el análisis de los personajes de la obra, tanto humanos como monstruosos, manteniendo esta rebeldía a los modelos literarios tradicionales. Se incursiona en la ironía, el sarcasmo, la burla, la hegemonía del pensamiento masculino, el mito de la fragilidad femenina, la exigencia de sumisión de la mujer y la ironía del «hogar perfecto».

Sí. Después de leer esta audaz relectura de «Frankestein o el moderno Prometeo» es válido preguntarse todavía en nuestra época «quiénes son los verdaderos monstruos«, qué tipo de orden natural violan y qué tipo de cadáveres han sido cosidos para su creación.

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